La valía de esta obra es notable en lo artístico y permitió que Bermejo Martínez la atribuyese al Maestro de la Leyenda de santa Catalina, enigmático artista que se ha prestado a diversas identificaciones con el paso del tiempo. Hulin de Loo, Friedländer y Wükler establecieron relaciones con algunas obras tempranas de Hans Memling (1430-1494), pero, sin contradecir las formas dominantes e influyentes de Roger van der Weyden (c. 1400-1464), podría corresponder con su hijo Pieter, formado junto a otros artífices en el obrador familiar de Bruselas.
La dicción plástica de la obra avala esa propuesta y ejemplifica el sentido que se brindó al lenguaje compositivo y al estilo de Weyden, cuyas formas son reconocibles en esta tabla concreta y en otras que pudieron integrar el retablo de Miraflores. Respetando al relato evangélico como fuente narrativa (Mateo 2, 13-15), la escena se desarrolla de un modo simple y sin excesivas complicaciones. Los personajes principales se disponen en primer plano y ocupan gran parte de la superficie pictórica, mostrando al fondo un paisaje de líneas altas donde se advierten soluciones o recursos propios de la estética rogeriana: especies arbóreas bajo perfiles nítidos que parecen recortarse por sí solos, edificios con formas arquitectónicas que alienta el común estilo gótico y celajes brumosos, muy ajustados por su forma y colorido al gusto imperante cuando finalizaba el siglo XV. Es de notar el detallismo otorgado a las especies vegetales que se encuentran en primer término, lo que denota el afán verista de algunos pormenores de la representación.
La recreación del asno, bien lograda en lo relativo al escorzo y a la recreación del pelaje, otorga un mayor protagonismo a la figura de la Virgen, quien porta al Niño Jesús en sus brazos. Como es costumbre desde la Edad Media, el último se manifiesta fajado y en menor proporción. La ternura que emana de estas representaciones contrasta con la efigie ruda y grandilocuente de san José, quien sirve de contrapunto a la composición y manifiesta unos rasgos que, sin obviar cualidades grandilocuentes o repetitivas, no se aleja de los dictados que manifiestan tantos autores que trabajaron a la sombra o bajo el influjo de Weyden durante los siglos XV y XVI. En ese sentido, la obra aquí estudiada y otras que se vinculan con el enigmático Maestro de la Leyenda de santa Catalina demuestran que, tras esa denominación, se esconde un autor que reitera formas con éxito y las privó de su originaria fuerza dramática.
Es probable que esta representación de la huída a Egipto corresponda con una de las piezas que integraban el retablo adquirido en 1495 para la Cartuja de Miraflores (Burgos), donde ocuparía un altar habilitado en el llamado “coro menor” o “de los legos”. Algunos documentos de aquel periodo aluden a su importación desde Flandes y lo describen de forma imprecisa como “cuadro de la Adoración de los Reyes”, pero debe tratarse de un conjunto integrado por al menos cinco tablas. La obra permaneció en dicho emplazamiento hasta que los generales napoleónicos saquearon el monasterio durante la Guerra de la Independencia, por lo que en 1810 sus moradores referían al antiguo retablo de pincel como una obra desaparecida. A partir de entonces comenzó una dispersión no bien conocida de sus tablas principales, perdiéndose en ese periodo su estructura o marco arquitectónico. Pertenecieron luego a particulares y coleccionistas de origen francés, si bien a finales del siglo XIX una de ellas ya se encontraba en Dijon y dos fueron llevadas a Florencia por el lionés Louis Claude Carrand.
Su vínculo con el retablo perdido de Burgos lo posibilitan deducciones que publicaron acertadamente Deroubaix, Negrín y Martens, quienes encuentran correspondencia en lo temático y lo formal con otras pinturas a las que se asigna el mismo origen: una tabla que representa la Adoración de los Magos (ahora en la parroquia de Santa Cruz de Binnigen, Suiza), otra la Natividad (colección Perrenet, Dijon) y dos más a la Presentación en el Templo y la Anunciación (Museo Nazionale di Bargelo, Florencia). La tabla que nos ocupa debió ser adquirida por un familiar o allegado de los condes de la Vega Grande a finales del siglo XIX, pues consta que desde ese tiempo se encuentra en Las Palmas de Gran Canaria. Lo más probable es que antes de ello fuera recortada y se le otorgase el remate semicircular en la parte superior. Ignoramos su procedencia antes de la compra y las condiciones del envío hasta el Archipiélago, que pudo producirse desde Madrid o cualquier ciudad importante de España o Francia. Recientemente empezó a formar parte de la colección artística del Gobierno de Canarias, si bien se encuentra depositada en la Casa de Colón y será exhibida de forma permanente en el futuro Museo de Bellas Artes de Gran Canaria.
Casa de Colón (depósito)
Salas de exposición permanente
Colón, 1
Las Palmas de Gran Canaria
35001 Santa María de Guía de Gran Canaria
Gran Canaria

Plaza de la Real Sociedad Económica de Amigos
del País de Gran Canaria, 1
35001, Las Palmas de Gran Canaria
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